Existen narrativas que, mediante la repetición constante, llegan a percibirse como verdades. Una de ellas sostiene que el déficit comercial agropecuario de Estados Unidos con México es prueba de una relación comercial desequilibrada. Nada podría estar más lejos de la realidad.
En economía, los números cuentan solo una parte de la historia. El resto se explica por la demografía, el poder adquisitivo y la estructura del mercado. Estados Unidos tiene una población de 350 millones de habitantes y uno de los niveles de ingreso per cápita más altos del mundo. México, por el contrario, tiene poco más de 130 millones de habitantes y un ingreso medio considerablemente menor.
Dados estos realidades, es natural que los consumidores estadounidenses compren grandes volúmenes de frutas, hortalizas y alimentos frescos en México. El tamaño del mercado estadounidense y su poder de compra hacen que no sorprenda que flujos comerciales agropecuarios resulten en un déficit para Estados Unidos.
Pero reducir esta relación al saldo comercial por sí solo es un error. La pregunta relevante no es quién vende más, sino quién depende de quién para sostener una de las cadenas de suministro más integradas del continente.
Los datos oficiales son reveladores. México compra el 17% de todas las exportaciones agropecuarias de Estados Unidos y se ha convertido en el primer mercado para 159 categorías de productos agrícolas. Ningún otro país representa una plataforma de negocio tan amplia para los agricultores estadounidenses. Además, mientras el consumidor mexicano promedio gasta aproximadamente 241 dólares al año en productos agropecuarios estadounidenses, el consumidor estadounidense promedio gasta 132 dólares en importaciones agropecuarias mexicanas. En términos de gasto a lo largo del periodo, México compra casi el doble.
Esta dinámica ayuda a explicar por qué, entre 2020 y 2025, las exportaciones agropecuarias de EE. UU. a México han crecido a una tasa casi el doble que las exportaciones agropecuarias mexicanas a Estados Unidos. Como resultado, el déficit comercial agropecuario de EE. UU. con México se redujo un 28%, pasando de 18,4 mil millones de dólares a 13,3 mil millones.
Lo verdaderamente significativo es dónde se generan esos beneficios. Treinta y nueve estados de EE. UU. sitúan a México entre sus tres principales mercados de exportación agropecuaria. Texas exporta más de 5,372 mil millones de dólares anualmente a México; California, 3,675 mil millones; Kansas, 2,513 mil millones; Louisiana, 2,435 mil millones; e Iowa, 2,428 mil millones. Para Nuevo México, Misuri, Arkansas y Kansas, entre el 51% y el 61% de las exportaciones agropecuarias dependen del mercado mexicano. Hablar de México es hablar de ingresos para los agricultores, de empleos rurales y de estabilidad económica en gran parte del Medio Oeste estadounidense.
La integración también funciona en ambas direcciones. Estados Unidos vende aproximadamente 1,15 mil millones de dólares en maquinaria agrícola, fertilizantes y demás insumos a México. Estos insumos se utilizan para producir frutas y hortalizas que luego se exportan de nuevo a Estados Unidos, donde generan actividad económica en transporte, logística, procesamiento, distribución, venta minorista y empleo. Cada dólar gastado en aguacates mexicanos genera 2,10 dólares de actividad económica en Estados Unidos, mientras que las importaciones de tomates frescos sostienen 46.936 empleos y generan 8,33 mil millones de dólares en actividad económica.
Por esta razón, cuando se imponen restricciones comerciales, los efectos suelen ser los opuestos de los previstos. La aplicación de un arancel antidumping del 17% sobre los tomates mexicanos elevó el precio medio de Estados Unidos en un 42%, hasta 2,69 dólares por libra, sin fortalecer significativamente la producción nacional. En cambio, lo que ocurrió fue una sustitución de proveedores: Canadá capturó gran parte de la cuota de mercado que México ocupaba anteriormente.
La lección es clara. México no es el problema al que se enfrentan las agriculturas estadounidenses; es uno de sus consumidores más importantes, un socio estratégico y un componente indispensable de su competitividad internacional. Quienes reducen esta relación al tamaño del déficit comercial pasan por alto el hecho de que la prosperidad agrícola de Norteamérica descansa en una cadena de valor integrada, donde romper un eslabón debilita todo el sistema.
En el siglo XXI, la fortaleza de la agricultura de Norteamérica no dependerá de crear más barreras comerciales, sino de preservar una alianza que ha probado ser una de las más exitosas del comercio regional. Porque cuando México compra, la agricultura estadounidense también prospera.
Luis Fernando Haro Encinas es el director general del Consejo Nacional Agropecuario (CNA).
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